Bien podría ser uno de los ganadores de los Ig Nobel del año que viene, pero no cabe duda de que la investigación que apareció hace unos días en Nature es cuanto menos curioso.
Todos podremos evocar el olor a metálico que deja en nuestras manos la barandilla de una escalera o el cambio de la tienda de la esquina, pero según Dietman Glindemann ese aroma no se debe al metal en sí, sino más bien a nuestra propia piel.
La hipótesis inicial de Glindemann era que el “olor a metal” se debía a las reacciones químicas entre los ácidos presentes en el sudor humano y las impurezas presentes en la superficie de los metales. Sin embargo, en las pruebas de laboratorio no se producían los mismos olores que todos reconoceríamos, por lo que aunó fuerzas con la química Andrea Dietrich, que se dedicaba al estudio del sabor metálico que puede aparecer en el agua corriente.
Los investigadores tomaron muestras de los vapores emitidos por personas que habían manipulado objetos metálicos y estudiaron su composición química. Allí encontraron moléculas de aldehídos y acetonas producidas por reacciones rápidas entre el hierro o el cobre y sustancias presentes en nuestra piel. Se ha demostrado que algunos de estos componentes pueden ser detectados a muy bajas concentraciones por el olfato humano.
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Fuente: http://www.genciencia.com/2006/10/27-los-metales-no-huelen