Cuatro décadas después de su lanzamiento, The Piper at the Gates of Dawn ha logrado convertirse en un disco venerado por las generaciones que lo han sucedido, considerándolo uno de los grandes logros artísticos de la década de los sesenta y emblema del movimiento psicodélico cuyo mayor referente siempre será el gran Syd Barrett. Una reedición del clásico en su cuarenta cumpleaños era poco menos que inevitable.
Y aunque mi devoción por la banda británica siempre será deudora de las grandes odas progresivas que, primero con Roger Waters y ya al final con David Gilmour de líder, compondrían durante las tres décadas sucesivas, el Piper siempre ha despertado en mi una fascinación fuera de lo común, ya desde la primera vez que lo escuchara hace muchos años. Tan bizarro y cargado de talento, infantil por momentos pero imperecedero, el disco que dio comienzo a la leyenda de Pink Floyd.
Esta reedición llega en versiones de 2 CD y 3 CD, siendo claro está la segunda la mejor opción a elegir. Los dos primeros discos contienen la versión mono original y la posterior edición estéreo, que es la más conocida hoy en día, mientras que el tercer compacto contiene todos los singles publicados durante aquel distante 67 y algunas rarezas que ahora veremos detenidamente.
La pregunta aquí es si verdaderamente merece la pena esta edición especial si ya disponemos del disco en nuestras casas, y la respuesta viene dada en función de nuestro apego hacia esta joya. Las versiones a uno y dos canales sonoros ya eran de sobra conocidas antes de que llegara esta reedición, y lo más seguro es que cualquier amante del disco ya disponga de ambas, o al menos de la que más le guste, razón que desacredita por completo la adquisición en versión doble.
Puestos a hablar del tema, diré que mi versión favorita es la edición monoaural, por extraño que pudiera parecer a simple vista. Este hecho se justifica en la pérdida de ciertas capas sonoras en la edición estéreo que tan en falta se echan cuando estás acostumbrado a la edición mono, como ese órgano del comienzo de Interstellar Overdrive sin el que la versión a dos canales suena algo desnuda. Pow R Toc H también acusa las pérdidas, quedando muy por debajo en sonido estereofónico.
Partiendo de todo lo expuesto, el tercer disco de extras se convierte en la única razón verdaderamente interesante para plantearse la adquisición de esta revisión al clásico. Y encontrarnos con temas como Arnold Layne, See Emily Play o Paintbox, ausentes de la popular versión británica del disco, pero presentes en la recopilación titulada Relics que ya fuera lanzada en el 71 y reeditada en el 96 tampoco supone una razón de peso.
Lo verdaderamente interesante viene con esa Take 2 de Interstellar Overdrive que sólo fue publicada en un EP francés, así como una inédita Take 6 que llevan aún más lejos la locura de este viaje espacial dentro de nuestra cabeza. La versión de Matilda Mother con la letra original, que el grupo se vio obligado a cambiar cuando se les negó el uso de unos versos de Hilaire Belloc, y la versión estéro de Apples and Oranges, completan las rarezas que realmente supondrán algo nuevo para los seguidores de la banda.
¿Suficiente? Me temo que no. No está de más que EMI pretendiera tributar esta efemérides de alguna manera, pero creo que este producto no hace justicia al desembolso que requiere. La publicación por otro lado del llamado Studio Box Set, con los 17 discos de la banda a un precio de 150 libras (al cambio, unos 215 euros), sí podría resultar más interesante para aquel que no disponga de la discografía original de esta emblemática banda de rock; pero ésa ya es otra cuestión diferente a la tratada en este artíc***.
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