El español es una lengua flexiva de tipo fusional, es decir, en las oraciones se usa preferentemente la flexión para indicar las relaciones entre sus elementos. Sin embargo, como la mayoría de las lenguas fusionales, también recurre al uso de preposiciones, palabras abstractas que sirven de nexo y son invariables. Por la forma en que se marcan los argumentos de los verbos transitivos e intransitivos, se agrupa dentro de las lenguas nominativo-acusativas. Su gramática es muy similar a la de las demás lenguas romances, aunque muchos estudiantes extranjeros del idioma aseguran que rasgos como el abundante uso del modo subjuntivo, la diferencia entre los verbos ser y estar y el uso preciso de las perífrasis verbales les resultan especialmente difíciles de dominar.
Morfología lingüísticaComo idioma flexivo las palabras del español se forman mediante lexemas o raíces a los que se agregan morfemas gramaticales o gramemas (como el género masculino o femenino y el número singular o plural para los sustantivos y adjetivos, y el modo, tiempo, voz, aspecto y persona y número para el verbo), más todo tipo de afijos que sirven para formar palabras derivadas.
Es especialmente característica del español la marca de la afectividad con sufijos apreciativos-valorativos:
Sufijos superlativos para adjetivos son -ísim- y -érrim-; es el más usado el primero, modificando a veces la forma del lexema: cierto-certísimo, bueno-bonísimo, fuerte-fortísimo, nuevo-novísimo, etcétera. El segundo se usa para formar el superlativo de palabras como célebre (celebérrimo), acre, agrio (acérrimo), pobre (paupérrimo), íntegro (integérrimo), salubre (salubérrimo), etcétera.
Pueden clasificarse los sufijos del español por la categoría gramatical de la palabra a que dan lugar en verbalizantes, nominalizantes, adjetivizantes y adverbializantes:
La derivación regresiva posee una gran importancia en la lengua española contemporánea; se usan -a, -e, -o y -eo: de pelear, pelea; de arrancar, arranque; de agobiar, agobio; de abanicar, abaniqueo. Inferior importancia poseen los procedimientos de creación conocidos como el calco semántico, el préstamo léxico adaptado o no, la combinación (cantautor, Eurasia, microfilme, morfosintaxis, secrefata, itañol), la incorporación nominal (pelechar, maniatar, rabiatar), la metáfora, la metonimia, la sinécdoque, la generalización, la especificación, la acronimia, la estereotipia (verborragia) y la onomatopeya.
Algunos sufijos están especializados en significaciones concretas; existen, por ejemplo, los sufijos gentilicios; en español los más usados son -án; ano/ana; -és/esa; -ense; -eño/eña; -ita; -ego/-ega; -ol/ola; -ota; -ino/ina; -í: catalán, valenciano, muniqués, egabrense, madrileño, estambolita, manchego, español, cairota, parisino, ceutí. Los gentilicios españoles son, sin embargo, de formación muy compleja a veces y su dominio reclama a veces un conocimiento muy profundo de la lengua española.
Prefijos del español que provienen del latín son: A, ad (Proximidad: Adyacente: contiguo); Ab, abs (Separar, evitar: Abstemio: que no bebe vino); Ante (Delante: Antesala: pieza delante de la sala); Bi, bis (Dos o doble: Bifurcación: dividir en dos); Circun (Alrededor: Circunvalar: rodear); Co, col, con, com (Unión o colaboración: Colegir: juntar); Cuadri, cuatri, (cuatro Cuatro: Cuadriceps: músculo con cuatro inserciones en la parte inferior del muslo); Deci (Diez: Decigramo: décima parte del gramo); Di, dis (Que se opone: Discordia: desacuerdo); Ex (Que se ha dejado de ser: Excedente: empleado que durante cierto tiempo deja de prestar un servicio); Extra (Que rebasa: Extramuros: fuera del recinto de la ciudad); Infra: (Por debajo de: Infrarrojo: radiaciones oscuras menos refrangibles que el rojo); Inter (En medio o entre: Interceder. Pedir algo por otro); Intra (Dentro: Intramuros. En el recinto interior de una ciudad); Multi (Numeroso: Multicolor: de muchos colores); Octa, octo (Ocho: Octava. Ocho días que siguen a una fiesta religiosa); Omni (Que abarca todo: Omnisciencia: conciencia de todo); Pen (Casi: Penillanura: meseta que resulta de la erosión de una región montañosa); Pos(t) (Después: Posdata: lo que se añade a una carta); Pre (Antecede: Predicción: conjetura); Pro (En lugar de: Prosecretario: persona que suple al secretario); Quinqu (De cinco: Quinquenal: que dura cinco años); Retro (Hacia atrás: Retroactivo. Que obra sobre lo pasado); Sub (Bajo: Subalterno: que esta sujeto a otro); Super, supra (Por encima de: Superdotado: que tiene coeficiente intelectual superior); Trans, tras (Mas allá: Transformar: Cambiar de forma); Tri (Tres: Tríceps: músculo que tiene tres cabezas); Un, Uni (Uno: Unicelular: de una sola célula); Ulter, ultra (Que rebasa: Ultramundo: otro mundo); Viz, vice (En lugar de: Vicepresidente: persona que suple al presidente). Yuxta (Junto a: Yuxtalineal: línea por línea).
Prefijos de origen griego son A, an (Privado de: Amorfo: sin forma regular); Ana (Contra, sobre o separación: Analgesia: falta de dolor) Anti (Contra: Anticuerpo: sustancia que se opone a la acción de bacterias, virus o sustancia extraña en el organismo); Apo (Fuera de, alejado: Apósito: remedio que se aplica exteriormente sujetándolo con paños); Archi (El más, el mejor, el primero: Archisabido: muy sabido); Auto (Uno mismo: Automación: funcionamiento de una máquina que efectúa una serie de operaciones sin la intervención del hombre); Cata (Hacia abajo o por entero: Catarata: caída grande de agua); Di(a) (A través de: Diagonal: línea recta que va de un vértice a otro); Dis (Con dificultad: Disconforme: no conforme); Ecto (Fuera de: Ectoplasma: exterior del citoplasma); En (Dentro: Enuresis: micción incontrolada en el interior del traje); Endo (Internamente: Endocarpio: membrana que cubre el interior del corazón); Epi (Sobre: Epiglotis: cartílago que tapa la glotis); Eu (Bien: Eufonía: sonoridad agradable de la palabra); Exo (Fuera: Exobiología: ciencia que busca y estudia formas de vida fuera del planeta); Hemi (Medio: Hemistiquio: mitad de un verso); Hiper (Exceso: Hipérbole: exageración de la verdad); Hipo (Debajo: Hipocentro: punto subterráneo donde se origina un sismo); Met(a) (más allá de: Metafísica: filosofía, teoría general y abstracta más allá de la física); Pali(n) (De nuevo: Palíndromo: palabra o frase que se lee igual de izquierda a derecha y viceversa); Para (Junto a o contra: Paranormal: fuera de lo normal). Peri (Alrededor: Pericardio: tejido que envuelve al corazón); Pro (Adelante: Progreso: aumento, adelanto); Sim(n) (Con: Simétrico: con simetría).
Sufijos de origen griego son:
Sufijos de origen latino:
En cuanto a la parasíntesis, los esquemas más usados son:
La composición consiste en la suma de lexemas. Para componer palabras en español se recurre a ocho procedimientos:
La Real Academia de la Lengua no ha establecido un criterio fijo para escribir separada, juntamente o con guión algunas palabras compuestas, fraseologismos o expresiones fijas, también denominadas lexías, colocaciones o idiomatismos, que son campo de estudio de la rama de la Lexicología denominada Fraseología: Semana Santa, etcétera.
En Lexicología y Fraseología se designa con el término colocación a un tipo concreto de unidad fraseológica que no es ni locución o lexía simple ni enunciado fraseológico o lexía textual.
La colocación designa combinaciones frecuentes de unidades léxicas fijadas en la norma o una combinación de palabras que se distingue por su alta frecuencia de uso, como cierre hermético, maraña inextricable, desear ardientemente, negar categóricamente etcétera; esto motiva que este tipo de construcciones se cataloguen como unidades semi-idiomáticas.
Se diferencian de las unidades fraseológicas en que responden a pautas de formación gramaticales y su significado es composicional, esto es, se deduce de los significados de los elementos combinados. Son unidades léxicas que han sido fijadas en la norma y en sustancia son fraseologismos que se encuentran a mitad de camino entre las combinaciones libres y las fijas, porque sus elementos se pueden dislocar e intercambiar y en general su significado es claro y desentrañable, si bien en ciertos casos tienen significado de conjunto: "Dinero negro, mercado negro ("ilegal")".
Los paradigmas o modelos de colocación más usados en español son:
Las siguientes estructuras son patrones menos productivos que los anteriores:
Para formar palabras nuevas se recurre en castellano principalmente al procedimiento de la derivación o utilización de afijos para crear neologismos (nuevos vocablos), y bastante menos a la composición a causa de la extensión que tienen las palabras en esta lengua, donde son escasas las palabras monosílabas.
El léxico más antiguo del español está constituido por un pequeño grupo de fósiles lingüísticos prerromanos, en especial vascos (izquierdo), ibéricos (barro, barda, embadurnar, gordo, muñeca, incluso algún antropónimo, como Indalecio) y celtas, bien a través del galo (abedul, alondra, braga, cabaña, camino, camisa, carpintero, carro, cerveza, legua, saya, vasallo), pero fundamentalmente a través del latín (brezo, brío, bota, berro, gancho, greña, légamo, losa, serna), porque los romanos conquistaron Hispania en el año 206 a. C. y la conservaron durante siglos. Es pues una lengua románica, romance o neolatina, que deriva del latín vulgar (no del latín culto) hablado por la gente más común del condado de Castilla. Sin embargo la inestabilidad del imperio romano provocó las invasiones bárbaras del año 409 d. C., en que entraron en la Península diversos pueblos germánicos, como suevos, vándalos y alanos, aunque apenas se quedaron, salvo los suevos, que fundaron un reino en Galicia que duró casi un siglo; cayó el Imperio Romano de Occidente y en el siglo VI entraron los Visigodos, que crearon un reino en España con capital en Toledo; ello motivó la introducción de diversos germanismos de una lengua que ocupaba una posición privilegiada de superstrato: heraldo, robar, ganar, guisa, guarecer, albergue, amagar, embajada, arenga, botar, bramar, buñuelo, esquila, estaca, falda, fango, grapa, manir, moho, rapar, ronda, rueca, truco, trucar, parra, ropa, ganso, jardín, aspa, guardia, espía, tapa, brotar, yelmo etcétera; en general, vocablos relacionados con el oficio militar de los conquistadores, así como algunos rasgos morfológicos: el sufijo -engo, y gran número de antropónimos como Fernando, Álvaro, Enrique, Rodrigo etcétera. Pero el reino visigodo cayó en poder de los árabes cuando estos invadieron España el año 711, lo que dio lugar a lo más propio y específico del español respecto a otras lenguas neolatinas en cuanto a su léxico: un gran caudal (cuatro mil voces de uso frecuente) de origen árabe o arabismos que no tienen correlato parecido en otras lenguas románicas que han optado por el término de origen latino al no contar con el superstrato árabe: vocabulario relacionado con la agricultura, como noria, acequia, arroba, azadón, alfalfa, alcachofa, acequia, albaricoque, algodón, azúcar, zanahoria, aceituna, naranja...; con la fauna, como jabalí, alcaraván, alacrán...; con la jardinería, como alhelí, azucena, azahar; con la construcción, como albañil, alfarero, zaguán, azotea, , aljibe, alcoba, tabique, alcantarilla, azotea, azulejo; con la ropa, como alfombra, taza, almohada, tarima, albornoz; con las ciencias, como álgebra, guarismo, algoritmo, alcohol, alquitrán, talco, cero, jaqueca, alcohol, cifra, jarabe, azufre, alambique, alquimia, cenit, nadir, azimut... Este vocabulario sobre todo científico fue acomodado al castellano gracias a la gran obra cultural de Alfonso X el Sabio, quien mandó traducir numerosas obras científicas árabes al castellano. Al árabe se debe además el sufijo -í (alfonsí, magrebí, israelí), algunos nombres propios como Almudena, Ismael, Fátima, diversos topónimos como Almadén, Gibraltar, Tarifa o hidrónimos como Guadalete, Guadalquivir, y, acaso, cierta influencia en la velarización fuerte de nuestra jota, el fonema /x/, en casos como la pronunciación de la s- inicial latina en j- como en jabón del latín saponem.
Sin embargo, algunas de las características diferenciales del léxico castellano, como la corrosión de la F- inicial latina, (así del latín farina > harina en castellano, pero farina en catalán, italiano y provenzal, fariña en gallego, farinha en portugués, farine en francés y faina en rumano), la preferencia por un sistema de cinco vocales, la ausencia del fonema labiodental /v/, La introducción del sufijo -rro, presente en los vocablos carro, cerro, cazurro, guijarro, pizarra, llevaba consigo un fonema extravagante y ajeno al latín y a todas las lenguas románicas, que es, sin embargo, uno de los rasgos definidores del sistema fonético español, como otros rasgos que provienen del adstrato vasco. En su desarrollo histórico, la lengua española ha ido además adquiriendo, como otras lenguas de amplio curso, diversos préstamos léxicos, de los cuales los más singulares y específicos son los que provienen de las lenguas indígenas americanas, denominados genericamente americanismos, aunque las lenguas indias que proporcionaron estos vocablos son muy diferentes, con preferencia por las antillanas, ya que fueron las primeras regiones colonizadas por España y, por tanto, muchas de las nuevas realidades fueron marcadas desde entonces con vocablos de las lenguas habladas allí: piragua, enagua, caimán, cacahuete, maíz, bejuco, quina, coca, alpaca, vicuña, puma, cóndor, caribe, cigarro, mate, gaucho, petate, petaca, tiza, hule, macuto, butaca, guateque, tiburón, huracán, tomate, patata, chocolate, cacao, tabaco, hamaca, cacique, canoa, ceiba... muchos de estos vocablos pasaron además a las otras lenguas a través del español como lengua puente. Inversamente, algunos vocablos del español pasaron a las lenguas indígenas americanas. Otros préstamos léxicos vinieron al castellano de franceses (galicismos), algunos muy antiguos, como pendón, vianda, emplear, deán, canciller... y la misma palabra español; otros vinieron con el Grand Siècle, el XVIII: vocabulario relativo a la moda, como tisú, frac, levita, blusa, chaqué, pana, organdí, franela, piqué, peluquín, sostén, chal...; relativos a la cocina, como menú, puré, restorán, bombón, escalope, croqueta, paté, suflé, panaché, consomé; relativos a la burocracia y la política, como buró, carné, ordenador, comité, complot, rutina; referidos a deportes y espectáculos, como amateur, palmarés, entrenar, ducha, debut, higiene, reportaje, cronometraje, kilometraje, turista, chándal, pilotaje, descapotable, garaje, avión, esquí, aterrizaje, braza, cabina, marcaje, rodaje, bicileta, pelotón, filme, filmar, doblaje, claque, reprise, ruleta, acordeón, cotillón, vodevil y otros. Algunos son curiosos, pues son hispanismos que volvieron a España desde el francés, como popurri, de pot pourri, olla podrida. Del Reino Unido y Estados Unidos vinieron los anglicismos; antiguos son sur, este, oeste; en el siglo XIX se usaban ya club y dandy, y en los siglos XX y XXI hay una auténtica invasión de términos, muchos de ellos ociosos, ya que poseen correlato en español, relativos sobre todo a la tecnología, los deportes, la economía y los espectáculos: transistor, internet, striptease, gabardina, clip, bloc, revólver, rifle, bulldog, perrito caliente, gol, chutar, fútbol, póker, boxeo, tenis, récord, sprint, golf, ring...; de Italia los italianismos, algunos de ellos bastante antiguos (del XIV son florín, cañón, consorcio), pero sobre todo en el Siglo de Oro: soneto, cuarteto, novela, bandido, bando, caporal, coronel, batallón, escopeta, mosquete, madrigal, terceto, capricho, diseñar, bisoño, esbozo, festejar, fragata, escolta, diseñar, modelo, cartón, medalla, zarpar, carroza, pista, hostería, valija etcétera; penetran regularmente, y en el siglo de la ópera, el XIX, penetran con fuerza batuta, diva, melodrama, partitura, solista, vocalizar etcétera; de Portugal vienen los lusismos (chubasco, carabela, mermelada, caramelo, mejillón, ostra), de Cataluña los catalanismos (capicúa, alioli, paella, entremés, butifarra, anís, forastero), de las provincias vascongadas los vasquismos (boina, izquierdo), de Holanda los neerlandismos (canica, amarrar) y de Japón los japonesismos (bonzo, katana, sake, manga, biombo, kimono, sushi, samurai, ikebana, judo, harakiri, origami, kárate, kabuki, geisha, haikú, tanka, kamikaze, bonsai, karaoke...).
Sustantivo
En la Gramática del español, el sustantivo es una clase de palabra y en tanto tal puede recibir una caracterización sintáctica, morfológica, semántica y fónica. Sintácticamente se lo caracteriza por tener como función privativa ser núcleo (palabra con mayor jerarquía) del sujeto. Es núcleo de sintagmas a los que les confiere el rango de sintagma nominal y es susceptible de recibir determinante. Desde el punto de vista morfológico, está formado por uno o más monemas, por lo general un lexema más morfemas constituyentes de género y número, y morfemas derivativos o afijos no constituyentes. En cuanto a su forma sensible, es palabra tónica y carga con acento de intensidad, que se desplaza al sufijo cuando lo lleva. Desde un punto de vista meramente didáctico se lo define como el tipo de palabra que significa persona, animal o cosa concreta o abstracta, definición que no sirve para todos los sustantivos ("carrera", "caminata", "actuación", "acción", por caso). En español admite como acompañantes a artículos y otros determinantes y adjetivos que concuerden en género y número con ellos (adyacentes) y a sustantivos en aposición que pueden no concordar. También puede llevar complementos preposicionales, llamados genéricamente complementos del nombre
El sustantivo forma el masculino con el morfema -o y el femenino con el morfema -a, y algunas veces con los morfemas -triz, -esa, -isa o -ina (actor, actriz; abad, abadesa; poeta, poetisa; héroe, heroína). Hay excepciones, como mano, dinamo y seo que son femeninos aunque acaben en -o; inversamente, algunos nombres acabados en -a no son de género femenino, sino masculino, sobre todo los acabados en el sufijo griego -ma: fantasma, estigma, magma, apotegma, etc., aunque en la lengua clásica del Siglo de Oro su género era vacilante; por otra parte, cierto número de profesiones acabadas en el sufijo -ista dan lugar a ambigüedad, por lo que se les suele agregar el artículo la para deshacerla cuando se trata de femeninos: la especialista, la electricista; también son de notar las palabras cuyo género es ambiguo y vacilante, como mar o dote, si bien el uso las va decantando hacia uno u otro género: mar en uso culto es masculino, como en la denominación topográfica Mar Negro, mientras que en el resto de los casos es femenino, y dote ha quedado casi como femenino; otras son de género epiceno, porque su género no es relevante para indicar su sexo, casi siempre nombres de animales: la perdiz, el milano, el elefante, la jirafa, la liebre, el águila, la cabra... A esta clase de nombres se les suele agregar, para distinguir su sexo, la palabra macho si son masculinos o hembra si son femeninos. También hay sustantivos con femenino irregular o léxico, llamados heterónimos: el hombre / la mujer; el caballo / la yegua; el gallo / la gallina; el poeta, la poetisa; el rey / la reina; el yerno / la nuera; el carnero / la oveja; el padre, la madre; el toro / la vaca; macho / hembra. Algunas palabras cambian de significado si cambian de género: el clave / la clave; el trompeta / la trompeta; el corte / la corte; el cámara / la cámara; el capital / la capital; el cólera / la cólera; el cometa / la cometa; / el cura / la cura; el frente / la frente; el guía / la guía; el orden / la orden; el parte / la parte; el pendiente / la pendiente; el pez / la pez; la radio / el radio. Son femeninos los nombres terminados en -dad, -ción, -xión, -sión y -sis. Por otra parte, la variación de género confiere algunos matices semánticos: los femeninos son habitualmente objetos más grandes (anillo / anilla, cubo / cuba) o se prefiere hacerlos objetos o cosas (el cosechador / la cosechadora; el impresor / la impresora) y la tradición machista le asigna también valor despectivo: zorro / zorra; también se han notado diferencias sobre el valor colectivo del femenino en algunas oposiciones (leño /leña), y se ha apreciado que los femeninos indican en su mayoría, aunque no en todos los casos, fruto, y, los masculinos, el árbol correspondiente: manzana / manzano; pera / peral...
El singular del sustantivo se forma con el morfema cero, y el plural con el morfema -s si acaba en vocal, o -es si concluye en consonante o en vocal acentuada, aunque en este último caso el uso es vacilante: maniquís o maniquíes. Algunas palabras usan solamente el plural (pluralia tantum), como víveres, comestibles, resultas, andurriales, anales, aledaños, gárgaras, trizas, tinieblas, modales, trébedes, enseres, exequias, afueras, alrededores, nupcias, entendederas, facciones, vituallas, honorarios, andas, añicos, arras, y otras solamente en singular (singularia tantum): cariz, oeste, este, tez, caos, cenit, salud, sed, grima, fénix etcétera.
Por lo general, el número indica también otro tipo de informaciones; el plural alterna con el singular cuando se trata de objetos que poseen dos mitades: espalda / espaldas; pantalón / pantalones; nariz / narices; tijera / tijeras; otras veces esta alternancia se ha decantado al plural a pesar de tratarse de un objeto único, pero que posee dos mitades simétricas: gafas (antiguamente gafa) etcétera. También se ha especializado el llamado plural de variedad o especie, que designa clases distintas de una misma materia: vino / vinos; madera / maderas. El plural tiene también ciertas connotaciones despectivas y puede señalar afluencia, copiosidad o abundancia de algo, como en el famoso verso de Garcilaso de la Vega: "Corrientes aguas puras, cristalinas". Más oscuro es señalar el uso caprichoso de algunos plurales, como en Carnaval / Carnavales; funeral / funerales; boda / bodas; Navidad / Navidades, etcétera.
Artículo (gramática)
El artículo es un tipo de determinante actualizador, una categoría de la morfología. Su función es la de acompañar al sustantivo actualizándolo y precisándolo, esto es, transformándolo de desconocido y abstracto ("libro") en conocido y concreto ("el libro"), esto es, situándolo en el mundo real, el que tengo aquí y ahora y me es conocido por experiencia directa. En español hay un artículo masculino: el, los en plural; otro femenino: la, las, el ante vocal a tónica, como en "el águila" (proviene del latín illa > ela > el); y un artículo neutro singular que sirve para sustantivar adjetivos: lo. No todas las lenguas poseen artículos y, por ejemplo, el latín, del cual proviene el español, no lo tenía: el artículo español viene, sin embargo, del pronombre demostrativo latino ille, illa, illud. El uso del artículo español conserva a veces vestigios de ese significado demostrativo.
Si se antepone la preposición a al artículo masculino singular el, se da lugar al llamado artículo contracto, al, que equivale a a + el: "Fueron al cine"; "Lo vi al levantarme". El otro artículo contracto es del, formado por la preposición de y la forma de artículo masculino singular el: "Vienen del cine"; "Del mucho dormir se volvió perezoso".
Los demostrativos son el tipo de actualizadores que sitúan en el espacio y en el tiempo de forma más precisa que el artículo los núcleos de sintagma nominal. En castellano son este, esta; ese, esa; aquel, aquella y sus respectivos plurales. Este esta sitúa en el espacio y el tiempo más próximo al hablante; ese esa en el espacio y tiempo más próximo al oyente, y aquel aquella en el espacio y el tiempo más alejando tanto como para oyente como para el hablante. Cuando los demostrativos relacionan la distancia objeto-hablante decimos que tienen valor deíctico.
Tienen valor anafórico o catafórico cuando relacionan un elemento del texto con otro mencionado en el mismo anteriormente, o anticipándolo.
Así, tendrán valor anafórico cuando se refieren a un elemento del texto mencionado con anterioridad y valor catafórico cuando anticipan algún elemento, por ejemplo, "Javier nos dijo eso: No se puede jugar a la pelota en el patio."
Los posesivos son el tipo de actualizadores que sitúan el núcleo del sintagma nominal como perteneciente a un posesor (mi, tu, su, mis, tus, sus) o varios posesores (nuestro-a, vuestro-a, su y sus respectivos plurales).
Los numerales pueden ser:
Los indefinidos son palabras que pueden tener valor de adjetivo, pronombre o adverbio. Indican una cantidad imprecisa, ninguna cantidad, diversidad, igualdad, cualidad o intensidad, distribución, etcétera. Los podemos clasificar en las siguientes subclases.
Sus formas son: qué, cuál/es, cuánto/a/os/as. Se utilizan en las oraciones interrogativas.
Sus formas son: qué, cuánto/a/os/as. Son utilizados en las oraciones exclamativas.
Pronombre
Algunos adjetivos determinativos pueden tener la función de pronombre.
En lingüística y gramática, un pronombre es la clase de palabra que funciona sintácticamente como un sustantivo, pero que, a diferencia de éste, carece de contenido léxico propio, y cuyo referente lo determina su antecedente o la situación comunicativa. Sustituye no sólo a sustantivos, sino a sintagmas nominales o incluso textos, mencionados antes o después de ellos, cuyo significado copian para usarlo en otro contexto, sin poseer en sí mismos significado fijo. En la pragmática o situación comunicativa se refieren con frecuencia a personas o cosas reales extralingüísticas más que a sustantivos del contexto. A esta propiedad de referirse a otros elementos tanto lingüísticos como extralingüísticos se la denomina deíxis.
El pronombre no admite apenas adjetivos (solamente los que indican identidad, como mismo en "él mismo", o número, como en "ellos tres"). Posee deíxis y persona y la mayor parte de las veces género, número y caso (solamente en los pronombres personales hay caso). Una serie de ellos son tónicos, esto es, poseen acento; otros no, son átonos y se apoyan para sonar en la palabra siguiente o anterior, por lo que se les llama clíticos; en la ortografía española los pronombres átonos se escriben adheridos al verbo si vienen después que él, pero no se hace así si están situados antes: "Dáselo" o "Se lo da"
Por su acento se clasifican los pronombres en tónicos, si lo llevan, o átonos, si no lo llevan. Estos últimos son los llamados clíticos. Otra clasificación, que divide a los pronombres en razón a su significado, establece las clases de los pronombres personales, demostrativos, posesivos, relativos, interrogativo-exclamativos e indefinidos.
Cuando el pronombre hace referencia a una persona, al pronombre se le denomina pronombre personal. Cuando el pronombre indica posesión, se denomina pronombre posesivo. Cuando introduce una proposición adjetiva se denomina pronombre relativo. Cuándo pregunta o expresa una emoción, se le denomina interrogativo o exclamativo. Cuando su significado es indeterminado o impreciso, se denomina indefinido.
Por otra parte existen unos tipos de pronombre personal que se distinguen según criterios sintácticos. Son los pronombres reflexivos y los recíprocos.
Pero además, existe un tipo de pronombre que no hace referencia a nadie ni nada, carecen de significado léxico y se les denomina expletivos. En inglés, por ejemplo, se emplea el pronombre expletivo para cubrir la carencia de un sujeto en oraciones impersonales, como por ejemplo el pronombre it en la oración "It rains" ("Llueve").
Son los pronombres átonos que, por carecer de independencia fónica, se unen, a efectos de pronunciación, con el elemento tónico (siempre un verbo) que lo precede o que lo sigue. En español son me, te, se, nos, os, lo(s), la(s), le(s) .
Son los pronombres clíticos que siguen al verbo y se escriben unidos a este: "Hazlo", "dáselas".(-te, -me, -se, -le, -nos, -la, -lo, -los, -las)
Son los que preceden al verbo: te vi, me lo dijo. Aunque también son átonos y se apoyan para sonar en el verbo al que se unen; la ortografía española, a diferencia de los enclíticos, prefiere escribirlos separados de los mismos.
Los pronombres personales son los que hacen referencia a alguna de las tres personas gramaticales: Primera, o persona que habla; segunda, o persona a quien se habla; y tercera, o la que se refiere a cualquier otra persona o cosa. Pueden ser átonos (sin acento de intensidad): me, te, se, nos, os, lo(s), la(s), le(s); o tónicos (con acento de intensidad): yo, tú, vos, él, ella(s), ello(s), usted(es), nosotros/as, vosotros/as, mí, ti, sí.
Se plantea un caso especial en el uso del pronombre de tercera persona, el llamado leísmo. Si bien en Hispanoamérica la forma correcta de usar el pronombre de tercera persona en complemento directo es lo-los, la-las, muchos de los hablantes de la Península Ibérica usan la forma le o les, que es propia del complemento indirecto, y dicen "le mató" en vez de "lo mató"; la Real Academia de la Lengua, ante la extensión del fenómeno, lo aprueba sólo si se refiere a personas y en masculino singular, y lo rechaza en todas las demás formas, aunque recomienda el uso de "lo" y le parece más correcto.
Pronombres personales cuyo antecedente es generalmente el sujeto, tácito o expreso, de la oración en que aparece. Pueden ser átonos: "María se peinaba"; o tónicos: "La atraje hacia mí con suavidad"; "Tu hermana sólo piensa en sí misma". A veces el antecedente no es el sujeto de la oración, pero sí el de una paráfrasis implícita en la secuencia en que aparece el reflexivo: "Siempre te ayuda la confianza en ti. Pueden ser reflexivos directos si funcionan como objetos directos ("Elena se peina"), o reflexivos indirectos si funcionan como complementos indirectos: "Elena se peina el cabello"
Son los pronombres personales que se utilizan cuando una acción es mutua o intercambiada entre los miembros de un sujeto plural o múltiple, o se produce a la vez entre dos o más individuos que la ejercen los unos sobre los otros. El sentido recíproco lo aportan normalmente los pronombres átonos nos, os, se o la construcción pronominal el uno al (del, con el, etc.) otro: "Sandra y yo no nos hablamos"; "Pedro y María se quieren"; "Esos dos siempre hablan mal el uno del otro. A veces, el valor recíproco se desprende del propio verbo (no de un pronombre) que selecciona sujetos múltiples, como en intercambiar, simpatizar, etc.: "Mi padre y el tuyo simpatizan".
Son los que sirven para señalar o mostrar la persona, animal o cosa designados por el elemento nominal al que acompaña o al que sustituye. Sus formas son éste, ese y aquél, con sus variantes de género y número: "Aquélla tarta es mejor que ésta"; "Eso no me gusta".
Los demostrativos son fuertemente deícticos y sitúan su significado en el espacio y en el tiempo: este como más próximo en el espacio y el tiempo al que habla; ese como más cercano en el espacio y el tiempo al que escucha, y aquel como más lejano en el espacio y el tiempo a ambos.
Son los que denotan posesión o pertenencia y a veces van precedidos por artículo. Son mío, tuyo, suyo, cuyo (en uso arcáico), y sus variantes de género y número. Existen dos series que corresponden a un solo poseedor (los anteriores) o varios poseedores (nuestro, vuestro, suyo y sus variantes de género y número)
Pronombre que, además de desempeñar su función dentro de la oración a la que pertenece, sirve de enlace entre dicha oración y la principal de la que esta depende. En español son los pronombres (el) que, el cual y quien, así como el adjetivo cuyo, con sus variantes de género y número.
Propios de la interrogación o que sirven para preguntar; ortográficamente se distinguen de los pronombres relativos en que llevan tilde: ¿Qué hora es?; ¿Quiénes están allí?; ¿Qué hacen?; ¿Cuáles son?.
Son los cuantitativos (que expresan nociones de cantidad), y los que predican identidad o existencia de manera vaga o indeterminada, como alguno, varios, alguien, nadie, otro, cualquier(a), etc.
A veces se sitúa un pronombre innecesario o expletivo para señalar el especial interés que se toma su referente por la acción: "Él solito se comió un pollo entero". Podría decirse "Él solito comió un pollo entero", pero la frase pierde fuerza y expresividad; por tanto se trata de un uso meramente enfático y en realidad no se trata de una clase de pronombres definida.
Adjetivo
El adjetivo es una clase de palabra que funciona ordinariamente como adyacente del nombre sustantivo, esto es, como complemento nominal adjunto que se sitúa delante o después del sustantivo a que se refiere, con el cual concierta en español en género y número.
Por significado, señala una cualidad atribuida a un sustantivo, bien abstracta (percibible por la mente, como en «libro difícil»), bien concreta (percibible por los sentidos, como en «libro azul»). En cuanto a su morfología, el adjetivo posee en español accidente de género y número para concordar con el sustantivo del cual es adyacente; no obstante, existen adjetivos de una sola terminación (fuerte, falaz, hábil, débil...) que no experimentan variación de género, aunque sí de número, mientras que son más frecuentes los de dos terminaciones (bueno/buena, malo/mala, etc.).
Dentro de los adjetivos de una terminación, el caso más común es el de los adjetivos finalizados en e como grande, fuerte, triste, insomne, alegre, inmutable, etc. También existen adjetivos que terminan en l (débil, fácil, sutil, fútil, personal); en r (peor, mejor, ulterior, particular); en z (sagaz, veloz, atroz); pocos en n (común, ruin). Por último también existen adjetivos terminados en i (sefardí).
Apócope
En posición antepuesta a un sustantivo algunos adjetivos se apocopan, es decir, pierden algunos de sus elementos finales: grande/gran, santo/san, bueno/buen, malo/mal, primero/primer, tercero/tercer, ciento/cien, cualquiera/cualquier, alguno/algún, ninguno/ningún, veintinuno/veintiún, mío/mi, tuyo/tu, etc Algunos adjetivos como tercero, grande o ciento también son usados sin su forma apocopada antes de un sustantivo, aunque generalmente el apócope es el uso más común («Más vale pájaro en mano que ciento volando»).
El grado determina en el adjetivo español la intensidad y cantidad en que se da la cualidad del adjetivo de forma objetiva, mientras que los sufijos apreciativo-valorativos (diminutivo, aumentativo y despectivo) determinan más bien la cantidad e intesidad de forma subjetiva. En español existen tres grados: positivo, comparativo y superlativo.
El grado en algunos casos se logra alternativamente mediante procedimientos léxicos; así, por ejemplo, si bueno es de grado positivo, su comparativo es mejor y su superlativo óptimo; en el caso de malo, peor y pésimo; en el de grande, mayor y máximo; en el de pequeño, menor y mínimo; en el de alto, superior y supremo y en el de bajo, inferior e ínfimo.
Lo sustantivan o transforman en sustantivo el artículo neutro lo («lo bueno») y el masculino el y, además, la supresión del sustantivo en una lexía habitual: el barco velero = el velero, la j = la letra j, etc.
En cuanto a su sintaxis, el adjetivo desempeña habitualmente cinco funciones diferentes:
El adjetivo en español es también tónico y por tanto una de sus sílabas se pronuncia con mayor intensidad que las otras.
Se distingue entre: adjetivos adjuntos cuando van unidos asindéticamente al nombre: «noche oscura» u «oscura noche». Adjetivos atributivos, ligados al nombre mediante un verbo copulativo (ser o estar): «La noche era oscura». Adjetivos en función de complemento predicativo cuando entre el adjetivo y el sustantivo hay un verbo no copulativo (aquí entra parecer, pues no es un verbo copulativo puro): «La casa parece verde», «el niño llegó feliz». Y adjetivos en función de aposición, cuando van unidos al sustantivo con un elemento suprasegmental: «La casa, verde».
Se distingue también entre adjetivos explicativos y adjetivos especificativos. El adjetivo explicativo o epíteto expresa una cualidad abstracta o concreta de la que el sustantivo ya informa, subrayando dicha cualidad; por ejemplo: «Dulce azúcar», «manso cordero», «fiero león». El adjetivo especificativo, por su parte, añade una información que el sustantivo por sí sólo no comunica: «Azúcar moreno», «cordero enfermo», «león distraído». También pueden distinguirse los adjetivos calificativos, que se limitan a señalar una cualidad, y los adjetivos determinativos, generalmente llamados determinantes, que actualizan, presentan, cuantifican (miden) o preguntan por el sustantivo núcleo del sintagma nominal, generalmente, aunque no siempre, situándose en posición anterior a éstos. Existen tres clases de determinantes, los actualizadores, los cuantificadores y los interrogativos. Adjetivo sustantivado o absoluto: es el que desempeña en la frase la función de sustantivo mediante metábasis de adjetivación. Adjetivo verbal: es el participio en función adjetiva cuando no ha perdido aún su naturaleza verbal.
Muchos adjetivos por su contenido semántico netamente relacional, no tienen otro uso que el especificativo posterior al nombre: "El andén central, la cuestión social". Otros, en cambio, tienen siempre un valor de explicativo (epíteto): "La nieve blanca, el león fiero, la hierba verde". Cuando el adjetivo se coloca entre comas, siempre tiene un valor explicativo: "Aquel hombre, tan amable, era mi padre".
Un adjetivo puede ir tanto delante como detrás del núcleo al cual se refiere. Existen cuatro criterios para la posición de éste: criterio lógico, criterio psicológico, criterio rítmico y un criterio distribucional.
Verbo
Los verbos del español se dividen en tres conjugaciones regulares, que se pueden identificar según las dos últimas letras del infinitivo: -ar, -er o -ir. Todos los que no siguen perfectamente estos patrones son denominados verbos irregulares. Los que sólo se conjugan en determinadas personas o tiempos se denominan a su vez verbos defectivos.
Los verbos se conjugan en tres modos: indicativo, subjuntivo, e imperativo y dos voces, voz activa y voz pasiva. Esta última se forma de dos maneras: una pasiva analítica con el verbo ser o estar en el tiempo de la activa y el participio del verbo que se conjuga, y una segunda denominada pasiva sintética o pasiva refleja, con el morfema se y un verbo en tercera persona más un sujeto paciente y sin complemento agente explícito: «Se vende piso».
El modo condicional presente en otras lenguas indoeuropeas es a veces incluido como un modo más, y otras veces se prefiere considerarlo como uno de los tiempos verbales simples y compuestos del modo indicativo.
Existen además en la conjugación regular tres formas no personales o verboides, es decir, que no portan morfemas de persona y por tanto no pueden llevar sujeto sintáctico con el que concordar, aunque sí lo pueden tener semántico («el hacerlo él fue buena idea»): son el infinitivo simple y compuesto, el gerundio simple y compuesto y el participio. Todas estas formas entran en la composición de las perífrasis verbales y tienen usos como clases de palabras diferentes: sustantivo en el caso del infinitivo, adverbio en el caso del gerundio y adjetivo en el caso del participio; el participio, además, sirve para formar los tiempos compuestos del verbo.
Los tiempos verbales pueden ser simples o compuestos. Por cada tiempo simple hay uno compuesto, que se forma anteponiendo el tiempo simple correspondiente del verbo «haber» al participio del verbo que se está conjugando.
Los verbos copulativos del español son descendientes directos del Verbo copulativo indoeuropeo y se distinguen de otras lenguas en que poseen dos formas con distintos usos: ser y estar, usado el primero para expresar lo esencial y permanente y el segundo para lo accidental y transitorio. Habitualmente se considera también verbo copulativo parecer.
Los verbos también pueden clasificarse según su valor semántico. Así encontramos verbos transitivos (si llevan objeto directo), por ejemplo decir; intransitivos (si no lo tienen ni lo pueden llevar, como por ejemplo brincar); reflexivos (si hacen recaer la acción del verbo sobre el sujeto: «Yo me peino»); recíprocos (si la acción es mutua: «Pedro y Juan se pegan») y pseudorreflejos, también llamados pronominales (irse, venirse).
Modo gramatical
El modo describe la relación del verbo con el hablante y la realidad a la que se refiere. Muchas lenguas modifican el modo mediante la inflexión del verbo. El modo no debe confundirse con otros accidentes del verbo, como el tiempo o el aspecto, aunque, en ocasiones, el significado de estos conceptos se superponga o solape.
Los modos originales del indoeuropeo eran el indicativo, el subjuntivo, el optativo y el imperativo. No todas las lenguas indoeuropeas cuentan con todos estos modos, sino sólo las más conservadoras, como el griego antiguo o el sánscrito, que los retuvieron. Algunas lenguas urálicas samoyedas tienen más de diez modos. En el español se utilizan tres: indicativo, subjuntivo e imperativo, y para expresar los otros se recurre a la conjugación perifrástica.
El modo indicativo del español o modo de lo real especifica cuándo el hablante estima algo como ocurrido fuera de su mente, en la realidad objetiva: «Hoy llueve mucho». El modo subjuntivo o modo de lo irreal hace que el hablante considere la acción verbal en su mente, como esperanza subjetiva; por ejemplo: «¡Ojalá llueva!». El modo imperativo es el que se utiliza para ordenar o rogar. Estos modos tienen que ver respectivamente con las funciones del lenguaje definidas por Karl Bühler: representativa, expresiva y conativa, de las que derivan los géneros literarios mínimos, el narrativo, el lírico y el dramático. Aunque en otros idiomas existe el modo condicional, en el español se lo considera habitualmente como un tiempo verbal más del modo indicativo.
Modo indicativo
Modo subjuntivo
Modo imperativo
Modo condicional
Formas no personales:
Notas
Del latín: amo, amare, amavi, amatum ?.
Del latín: timeo, timere, timui, timitus ?.
Del latín: partio, partire, partivi, partitum ?.
Del latín: sum, esse, fui, futurus ?, y algunas formas de sedere.
Del latín: sto, stare, steti, statum ?.
? Estar acostumbra a ser reflexivo en modo imperativo.
Del latín: habeo, habere, habui, habitum ?.
Se usa en una de las perífrasis verbales más frecuentes del español, ir + a + infinitivo. Proviene del latín: eo, ire, ii (or ivi), itum ? y algunas formas de vado y sum.
Perífrasis verbal
Perífrasis verbal o frase verbal es toda construcción compuesta de al menos dos formas verbales en la cual una funciona como auxiliar (perdiendo parte de su significado primitivo al gramaticalizarse) y el otro, siempre una forma no personal (también llamada verboide), ya sea infinitivo, gerundio o participio, actúa como núcleo o palabra de más jerarquía y menos prescindible de la misma, rige y selecciona los complementos y denota la parte más amplia del significado. La mayor parte de las perífrasis unen ambos verbos con un nexo; si éste existe, suele ser una preposición o conjunción, como en «He de volver» o «Tengo que marchar», aunque también existen perífrasis verbales sin ese nexo, como estar + gerundio, deber + infinitivo o poder + infinitivo.
En castellano existe una panoplia de unas ciento cuarenta perífrasis verbales que suponen lo que se ha venido a llamar conjugación perifrástica del español y que obran en distinguir todo tipo de matices en el desarrollo o intención de la acción verbal; las perífrasis verbales se reparten por lo general en dos grandes grupos con distintas subclases cada uno:
Son verbos de conjugación irregular los que experimentan cambios en su raíz, en su desinencia, o en ambas partes a la vez, por lo que no aparecen acogidos a los tres esquemas de la conjugación regular; esto acaece en lo que se refiere a sus formas simples, mientras que en las compuestas sólo existe irregularidad si la tiene el participio con que estas se forman.
Los hay de tres tipos: irregulares totales, si cambian totalmente la forma de su conjugación, como ser o ir; irregulares parciales, si solamente cambian en parte las distintas formas que presentan en su conjugación; en este caso encontramos a todos los verbos irregulares menos los mencionados anteriormente como irregulares totales. E irregulares aparentes, que son aquellos en cuya conjugación se presenta alguna alteración o cambio gráfico debido a las normas ortográficas: rece, por ejemplo, que proviene del verbo rezar.
Las irregularidades que muestra un verbo en el presente de indicativo se muestran, también, en el presente de subjuntivo y en el imperativo, y las que presenta en el pretérito perfecto simple, también llamado pretérito indefinido, se dan también en el pretérito imperfecto de subjuntivo y en el futuro imperfecto de subjuntivo. Igualmente, las irregularidades que se dan en el futuro imperfecto de indicativo se dan también en el condicional simple.
Como se ve, sólo el pretérito imperfecto de indicativo posee una conjugación regular absoluta en todos los verbos. Por otra parte, hay ciertos verbos que carecen de parte del paradigma de la conjugación regular o no son usados en algunas personas o tiempos, por lo que de alguna forma pueden ser considerados irregulares: son los llamados verbos defectivos, que en español son, por una parte, los verbos de fenónemo meteorológico o cósmico que son llamados impersonales, cuales son llover, nevar, granizar, tronar, amanecer, anochecer, atardecer, pero también balbucir, agredir, abolir, transgredir, atañer, soler, concernir y otros de menor uso. Dicho esto, pasamos a indicar los cambios más significativos de los verbos irregulares parciales, los más abundantes en la lengua española.
Irregularidades del presente de indicativo:
Irregularidades del pretérito perfecto simple:
Irregularidades del modelo futuro:
Los verbos irregulares aparentes presentan alteraciones ortográficas típicas
Por otra parte, muchos verbos poseen participio irregular: morir > muerto, en vez de la forma en -ido, y algunos incluso poseen dos participios, uno especializado en uso como adjetivo y otro en uso verbal: imprimir > impreso, imprimido.
Se ha discutido mucho si existe voz pasiva en español, ya que no existen morfemas específicos de la misma. Semánticamente puede ser expresada por una equivalente voz atributiva biactancial. Tradicionalmente se considera que en español la voz pasiva se forma de dos maneras:
En castellano no existe un morfema específico para indicar la pasiva; lo más parecido que existe es este uso concreto del morfema se.
Existen, por otra parte, otras posibilidades formales de pasiva por medio de perífrasis verbales:
El actante o complemento agente puede estar o no presente en estas construcciones pasivas. Este elemento que la tradición llama ablativo agente, al modo latino, tiene una estructura bimembre: relator y término. Los relatores reconocidos por la gramática tradicional son «por» y «de», pero se han encontrado otros: «con» y «en».
En castellano antiguo es general el empleo de la preposición «de» con el complemento agente. Ejemplos: Del rey so ayrado (Mio Çid), De Dios seré reptado (Gonzalo de Berceo), El que a muchos teme, de muchos es temido (Diego Saavedra Fajardo).
Sin embargo, hoy se prefiere la preposición «por» aunque ocasionalmente se usa la construcción con de: "Lorca era conocido de todos".
Una locución verbal es un conjunto fijo de palabras o lexía textual en la que al menos una es un verbo. Funcionan como un sólo verbo, poseyendo una estructura léxico-sintáctica propia y dotando al texto de una fuerte expresividad y mayor concreción en lo que se pretende transmitir al lector/oyente. Algunas de estas locuciones verbales son: echar de menos o en falta; dar de sí; ser todo oídos; no poder más; pagar el pato, etcétera.
Adverbio
El adverbio es la clase de palabra que actúa como núcleo del Sintagma adverbial. En la morfología del español suele ser invariable o con una variabilidad muy pequeña (algunos admiten sufijos: cerquita, lejísimos, lejitos). Suele añadir información circunstancial al verbo, y algunos incluso a toda la oración, ya sea de tiempo, de modo, de lugar, de duda, de afirmación, de negación... En esos casos se considera que funciona como modificador a nivel de sintagma verbal («lo hice fácilmente») o nivel clausal («sinceramente,?»), por lo que algunos adverbios pueden funcionar como marcadores del discurso. Las funciones sintácticas del adverbio son, aparte de la de núcleo de sintagma adverbial, las de complemento circunstancial del verbo, las de cuantificador, grado o complemento del adjetivo («muy bueno», «recién hecho») y las de cuantificador de otro adverbio («bastante cerca»). Algunos adverbios pueden funcionar como predicados dirigidos hacia un sujeto y junto a una cópula verbal («está divinamente»).
El adverbio de modo puede formarse mediante la colocación del sufijo -mente al final de algunos adjetivos. Por ejemplo: rápido (adjetivo) >> rápidamente (adverbio). También pueden formarse compuestos parasintéticos adverbiales agregando el prefijo a- y el sufijo -as: «A gatas», «a escondidas», «a ciegas»... Algunos sintagmas preposicionales asimismo han sido lexicalizados como adverbios: «a posta» > aposta, «a penas» > apenas, etc.
Ambos, tanto el adverbio como el adjetivo pueden ser precedidos por cuantificadores como:
Las locuciones adverbiales están formadas por un grupo de palabras que funciona como si se tratase de un adverbio.
Algunas de estas locuciones mantienen su forma latina (in fraganti, a priori, ipso facto...), y otras, las más comunes, son propias del castellano (de verdad, en realidad...)
Conjunción
La conjunción es la palabra o conjunto de ellas que enlaza proposiciones, sintagmas o palabras, como su etimología de origen latino explica: cum, «con», y jungo, «juntar»; por lo tanto, «que enlaza o une con». Constituye una de las clases de nexos. No debe confundirse con los marcadores del discurso.
La conjunción es una parte invariable de la lengua que se utiliza para enlazar oraciones y establecer relaciones entre ellas: «Luisa va a trabajar y Pedro se queda en casa».
La conjunción sólo tiene valor gramatical, no tiene valor semántico. Su significado lo adquiere en las relaciones oracionales que puede presentar. Valor aditivo: «Luisa compra y vende objetos». Valor de oposición: «Carmen trabaja, y no todos los días», etc.
Hay otros muchos nexos, en su origen preposiciones, que encabezan oraciones y que adquieren valor de conjunción, aunque no tengan forma conjuntiva. A estas construcciones se les llama giros conjuntivos. Por ejemplo:
Igualmente, existen algunos adverbios y pronombres que pueden funcionar como conjunciones. Si son adverbios, se denominan adverbios conjuntivos, como por ejemplo cuando, mientras, donde, como, así, etc. Entre los pronombres, están los llamados pronombres relativos (que, quien-es, el-la-los-las cual-es, cuyo, etc.) y pronombres que pueden funcionar en correlaciones distributivas, como uno... otro, etc.
Por otra parte, existen determinadas construcciones que agrupan preposiciones, sustantivos, conjunciones y otros elementos a fin de formar las llamadas locuciones conjuntivas, equivalentes a nexos o conjunciones; forman un vasto repertorio que expresa los más curiosos matices: de manera que, así que, a fin de + inf, por más que, pese a que, antes de que, después de que, etc.
Existe además un grupo de conjunciones correlativas que aparecen en dos partes, de forma correlativa, una parte en la primera proposición unida y otra parte por lo general encabezando la segunda: «Hasta tal punto le tenía antipatía, que vino para matarlo».
En español, las conjunciones se clasifican en propias e impropias.
Conjunciones propias son las que unen oraciones o elementos del mismo nivel sintáctico, grupo nominal o adjetivo, como son las conjunciones coordinantes o coordinativas: y, ni, pero, sino...: «Luis caminaba triste y pensativo».
Conjunciones impropias son las que enlazan oraciones dependientes, como son las locuciones o partículas subordinantes: cómo, cuándo, que, porque, para que... Las conjunciones subordinantes degradan la oración en que se insertan y la transponen funcionalmente a una unidad de rango inferior que cumple alguna de las funciones propias del sustantivo, del adjetivo o del adverbio: «Dijo que vendría». «Lo hizo porque quiso».
Las conjunciones, según los distintos tipos de relaciones o enlaces oracionales que presentan, pueden adquirir valores significativos diversos, y se clasifican en dos tipos: coordinantes o subordinantes.
Las conjunciones coordinantes son copulativas, adversativas, disyuntivas, explicativas o distributivas.
Conjunciones copulativas
Las conjunciones copulativas sirven para reunir en una sola unidad funcional dos o más elementos homogéneos e indican su adición. Son: y, e, ni, que. Y es la conjunción más usada en la lengua coloquial: «Sergio y Daniel pasean»; se repite frecuentemente en el lenguaje infantil, como expresión sucesiva de enunciados: «El perro es mi amigo y lo quiero mucho y juega conmigo». Este uso pleonástico se mantiene en la lengua popular de las narraciones, y como recurso expresivo intensificador. Se emplea e cuando la palabra siguiente empieza por i o hi, para evitar la cacofonía: «Se reunieron e hicieron los trabajos». «Vinieron los padres e hijos». La conjunción ni equivale a y no y señala la adición de dos términos, pero implica que sean negativos: «No hizo los trabajos ni estudió». A fin de marcar la expresividad, se antepone a veces a todos los términos unidos: «Ni tengo trabajo ni dinero». La conjunción copulativa que es de uso arcaizante, aunque también figura en locuciones con valor intensificador: «Y tú llora que llora». «Lo mismo da que da lo mismo».
Conjunciones adversativas
Las conjunciones adversativas son las que contraponen dos oraciones o términos sintácticos. La contrariedad puede ser parcial o total; la parcial expresa una corrección o restricción en el juicio de la primera oración, de modo que la coordinación es restrictiva: mas, pero, aunque. Existe una serie de conjunciones que proceden de formas lingüísticas más extensas y que se han gramaticalizado total o parcialmente que se usan como nexos adversativos: sin embargo, empero, con todo, a pesar de, no obstante, más bien, excepto, salvo, menos...
Si hay incompatibilidad entre las dos oraciones coordinadas de manera que la afirmativa excluya totalmente a la negativa, la coordinación es exclusiva: sino, sino que, antes bien, al contrario: «No lo hizo Juan sino Pedro».
Las conjunciones adversativas más utilizadas son pero y sino: «Iría contigo pero no puedo»; mas está reducida a la lengua escrita y principalmente a la lengua literaria y expresa una corrección más suave que pero: «Hizo un juramento, mas en vano»; empero pertenece al estilo literario afectado; pero y mas pueden encabezar una cláusula con sentido enfático: «¡Pero, Juan, si tú no estabas!».
Conjunciones disyuntivas
Las conjunciones disyuntivas indican alternancia exclusiva o excluyente: o, u, se coloca entre los términos que indican la alternancia o antepuesta a cada uno de ellos: Llamó Pedro o Juan. Se emplea u cuando precede a una palabra iniciada por o u ho: «Lo hará uno u otro», también para evitar la cacofonía. Otras veces, o indica que los términos unidos son equivalentes y sirven para designar una misma realidad: «Todo ocurrió o sucedió en un momento».
Conjunciones explicativas
Son aquellas que unen proposiciones que expresan lo mismo, pero de distinta forma, a fin de explicarse mutuamente. Son por lo general giros aislados entre comas como o sea, esto es, es decir, mejor dicho, id est, es más: «Se fue al otro mundo, es decir, se murió».
Conjunciones distributivas
Las conjunciones distributivas indican distribución o alternancia; repiten los términos: o... o; se emplean a veces unidades de tipo adverbial: bien... bien, ya... ya, ora... ora: «Ya vienes, ya te quedas». También se usa la forma verbal inmovilizada sea, cuando los términos unidos expresan equivalencia.
Las conjunciones subordinantes se dividen en tres grandes grupos:
Las conjunciones subordinantes o subordinativas que introducen subordinadas sustantivas introducen oraciones que desempeñan las funciones propias de un sintagma nominal (sujeto, atributo, complemento directo, complemento indirecto, suplemento, complemento del nombre). Las conjunciones sustantivas se clasifican según la función que la oración sustantiva desempeñe dentro de la oración principal. Se utiliza que, conjunción completiva, para la función de sujeto y de complemento directo: «Me molestó que no me lo dijeras»; «Dijo que lo haría». A veces, se emplea que con alguna preposición, por ejemplo en función de suplemento: «Él se convenció de que era importante». También se emplea si para las interrogativas indirectas: «Me pregunto si vendrá». También pueden utilizarse pronombres y adverbios interrogativos: «Me preguntó cómo vendrían». «Me preguntó cuántos vendrían».
Las proposiciones subordinadas adjetivas van introducidas por pronombres relativos (que, quien, el cual, cuyo y sus variantes), que desempeñan al mismo tiempo una función sintáctica dentro de la proposición subordinada que introducen. Estos pronombres relativos pueden ir precedidos de preposición o no. «El libro que me prestaste era muy bueno». «El libro de que me hablabas era bueno».
Dentro de las adverbiales existen generalmente dos grupos de conjunciones que introducen proposiciones subordinadas: las que introducen proposiciones circunstanciales de tiempo, modo, lugar y comparación, y las que indican operaciones o relaciones lógicas entre la proposición subordinada y la proposición principal como son la causa, la consecuencia, la consecuencia inesperada o no deseada llamada concesión, la finalidad y la condición.
Las que introducen proposiciones subordinadas adverbiales circunstanciales pueden ser meras conjunciones, adverbios conjuntivos, giros conjuntivos o locuciones conjuntivas y pueden indicar:
Las que introducen proposiciones subordinadas adverbiales lógicas pueden indicar:
Preposición
El inventario tradicional de las preposiciones españolas era una lista muy incompleta que se aprendía mecánicamente en la escuelas; hay que incluir además allende, con el significado de al otro lado de, como en «allende el océano»; aquende, con el significado de a este lado de, como en «aquende los Pirineos»; vía, en el sentido de a través de, en frases como «fuimos a Moscú vía Milán»), o pro (en el sentido de en favor de en frases como «hizo campaña pro damnificados en el huracán Mitch»). También se consideran ya preposiciones durante y mediante, y la latina versus (equivalente a contra). Se discute si pueden existir preposiciones pospuestas como el caso de arriba y abajo en expresiones como «calle arriba» o «calle abajo».
Por otra parte, existe también una amplia panoplia de preposiciones compuestas (a por, tras de, de entre, por entre, por sobre, para con, etc.) y locuciones prepositivas (a fin de, a pesar de, junto a, etc.) que expresan todos los matices posibles del pensamiento. Otras son de uso arcaico, como so (que se usa sólo en expresiones que son en realidad locuciones prepositivas como so excusa de, so color de, so apariencia de, so capa de, etcétera) o cabe (con el significado de «junto a»).
Otras palabras y expresiones pueden usarse con carácter prepositivo, como son excepto, salvo, incluso, más y menos.
En consecuencia, el inventario de preposiciones es éste: a, allende, ante, aquende, bajo, cabe, con, contra, de, desde, durante, en, entre, excepto, hacia, hasta, mediante, para, por, pro, según, sin, so, sobre, tras, versus, vía.
Marcadores del discurso
Los marcadores del discurso, también llamados «enlaces extraoracionales» por Gili Gaya o Fuentes, o «conectores argumentativos», «extraoracionales», «procesadores textuales», etc., son «unidades lingüísticas invariables, no ejercen una función sintáctica en el marco de la predicación oracional ?son, pues, elementos marginales? y poseen un cometido coincidente en el discurso: el de guiar, de acuerdo con sus distintas propiedades morfosintácticas, semánticas y pragmáticas, las inferencias que se realizan en la comunicación» (Gramática descriptiva, p. 4.057).
Samuel Gili Gaya señalaba ya algunas de las características propias de estas partículas:
Que es invariable, puede verse en que no es lo mismo decir: «Lucía está lesionada y, por consiguiente, no puede jugar» que «Lucía está lesionada y, por este motivo, no puede jugar», ya que «por consiguiente» no desempeña función sintáctica alguna ni admite flexión (*por consiguientes) o complementos, como sí puede hacerlo «por este motivo», que admite plural o puede reformularse con complementos «hasta por estos pequeños motivos». En consecuencia, no puede decirse que «por este motivo» y expresiones semejantes sean verdaderos marcadores del discurso.
Ahora bien, los marcadores del discurso pueden aparecer desempeñando funciones sintácticas, pero ya no como marcadores del discurso: «Lo haré bien» / «Bien, lo haré». ? «Lo haré en cualquier caso» / «En cualquier caso, lo haré». ? «No tiene por qué responder así» / «Así, no tiene por qué responder». ? «Lo dijo en una palabra» / «En una palabra, lo dijo».
Los marcadores del discurso se diferencian de las conjunciones en que no siempre se sitúan al principio del texto, sino que poseen una mayor movilidad, si bien muchos de ellos se sitúan allí obligatoriamente; por otra parte, no admiten negación, ni ?entre sí? coordinación: *bueno y por tanto, aunque pueden coordinarse con sintagmas ubicados en inciso en el caso de que sean adverbios marcadores: «La cultura es además, y sobre todo, actualidad». «De hecho, y a pesar de que se verían infinidad de veces, nunca se referirían a aquel hecho sobrenatural».
María Antonia Martín y José Portolés distinguen cinco tipos de marcadores discursivos, cada uno con sus diversos subtipos: estructuradores de la información, conectores, reformuladores, operadores argumentativos y marcadores conversacionales.
Para desarrollar la información contenida en un discurso:
Son «unos marcadores discursivos que vinculan semántica y pragmáticamente un miembro del discurso con otro anterior». A veces, el primer miembro puede ser situacional o contextual, implícito. Un niño puede mostrarle a otro su coche de juguete y decirle «Además, tiene sirena».
Son «marcadores que presentan el miembro del discurso que introducen como una nueva formulación de un miembro anterior».
Los operadores argumentativos «son aquellos marcadores que por su significado condicionan las posibilidades argumentativas del miembro del discurso en que se incluyen, pero sin relacionarlo con otro miembro anterior».
Estos se distinguen de los de la lengua escrita en que a su función «informativa» o «transaccional» suman otra función «interactiva» o «interaccional» orientada hacia el interlocutor. En la conversación hay, pues, que distinguir «modalidades» frente a «contenidos proposicionales» o, en la terminología de los llamados «actos de habla», la fuerza ilocutiva de los contenidos locutivos. Dos grandes tipos de modalidad establecen los autores:
Sintagma
Aunque todo sintagma cumple una función oracional, lo específico del sintagma es independiente de su función. Desde una perspectiva morfológica, lo que constituye un sintagma no es el desempeñar una función, sino la mera agrupación léxica. Desde una perspectiva sintáctica, los sintagmas son los materiales capaces de desempeñar las funciones. Las funciones no las realizan las categorías, sino los sintagmas. Un sintagma puede estar constituido por una gran variedad de categorías.
Sintagma nominal
Sintagma nominal es el grupo de palabras que, desempeñando alguna función sintáctica, tiene por núcleo un sustantivo, nombre, pronombre o vocablo sustantivado. Ejemplo: El coche azul de Pedro. Además del núcleo, un sintagma nominal puede constar de:
Determinante
Los determinantes sitúan el núcleo del sintagma nominal en el espacio y en el tiempo, concretándolo (actualizadores) o bien miden el núcleo del sintagma nominal (cuantificadores). Existen dos tipos de cuantificadores:
Otro tipo de determinantes corresponde a los llamados interrogativos y exclamativos (qué, cuánto, cuál...): «¿Qué zapatos?» ? «¡Cuánta gente!».
Existen varios tipos de actualizadores: artículos (el /la / lo ? los / las: La niña); demostrativos (este / ese / aquel y sus respectivos femeninos y plurales: Aquellas casas); posesivos (de un solo posesor: mi, tu, su o de varios posesores: nuestro, vuestro, su, más sus respectivos femeninos y plurales: Mi hermano).
Artículo (gramática)
Hay tres tipos de artículos en el castellano, masculino (el, los), femenino (la, las) y neutro (lo, los). La función primordial del artículo es demarcar el género de la palabra que preceden cuando ésta tiene género (la casa, el caballo), o en el caso de palabras que carecen de género se utiliza el artículo neutro (lo impensable, lo triste). Sin embargo, en el caso de las palabras que comienzan fonéticamente con la vocal a acentuada, se preceden por el artículo masculino (el hambre, el águila, el agua) para evitar la cacofonía resultante del artículo femenino. Cuando el artículo singular masculino es precedido por la preposición a o de se produce una contracción (al norte, salinidad del agua). Los artículos con género también se utilizan antepuestos a adjetivos que modifican un sustantivo (la bella dama, el caluroso verano) o un verbo infinitivo (el andar, etc).
Los nombres propios, en general, no van precedidos por artículo (Juan, y no el Juan) salvo en los casos donde se produce elipsis (el Volga por el río Volga), aunque algunos regionalismos presentan la característica de anteponer artículos a nombres propios de personas.
El artículo también es omitido o no, dependiendo de varias razones, por ejemplo:
Aunque usualmente el núcleo del sintagma nominal es sustantivo, también pueden desempeñar esta función pronombres (nosotros, eso), adjetivos sustantivados («el rubio», «lo interesante»), infinitivos (cantar) o proposiciones subordinadas sustantivas («Espero que acabes pronto»).
El núcleo del sintagma nominal posee también complementos llamados adyacentes, generalmente sintagmas adjetivos que completan al núcleo antes o después(«gran libro bueno»), pero que también pueden ser sintagmas nominales o meros sustantivos en función de aposición, esto es, inserciones de sintagmas nominales dentro de otro sintagma nominal cuyo significado completan o precisan, bien entre comas (aposición explicativa) bien sin ellas (aposición especificativa): «Madrid, capital de España», «los montes Pirineos», «el río Ebro», «la calle Alarcos». También pueden considerarse adyacentes los sintagmas preposicionales en función de complemento del nombre («El libro de matemáticas», «pato a la naranja»). Asimismo, puede funcionar como adyacente en función de adyacente adjetivo toda una proposición subordinada de relativo o adjetiva: «El libro que me prestaste».
Sintagma verbal
El sintagma verbal tiene como núcleo a un verbo que concuerda en los morfemas de número y persona con el sintagma nominal sujeto. La concordancia se da siempre en morfema de número, pero unas pocas veces puede darse el llamado sujeto inclusivo, mediante el cual puede concordar una tercera persona con una primera: («Los españoles somos así»). El sintagma verbal desempeña la función de predicado en sus distintos tipos (predicado verbal, predicado nominal o predicado mixto).
Al contrario que en otros idiomas, la diferencia entre lo esencial y permanente y lo accidental y transitorio se expresa mediante dos verbos copulativos: ser (semánticamente perfectivo) y estar (semánticamente imperfectivo). Por eso cuando en castellano se dice que «el cielo es nublado» se entiende que se trata del de un cuadro pintado, mientras que si decimos que «el cielo está nublado» nos referimos al cielo propiamente dicho. Ser se usa además para formar la voz pasiva de proceso: Las camas aún no han sido hechas. Estar se usa, por el contrario, para formar la voz pasiva de estado: Las camas ya están hechas. Además, estar se usa con cierta frecuencia para formar perífrasis verbales:
El orden sintáctico más frecuente del español es S+V+C (Sujeto, Verbo y Complementos), que es aconsejable cuando se quiere ser claro, pero la sintaxis no es muy rígida y es frecuente que de diferentes colocaciones se extraigan muchos matices a las palabras. La pasiva se forma con el verbo ser o estar más el participio pasado del verbo que se conjuga o con el morfema de pasiva refleja se más un verbo en tercera persona. Véase al respecto construcciones pasivas.
Sintagma preposicional
El sintagma preposicional se dá cuando hay una preposición más un sintagma como complemento. Por ejemplo: «entre los sauces llorones».
En español, el sintagma preposicional o SPrep. puede funcionar como sujeto excepcionalmente («Entre Pedro y Luis lo hicieron»), como complemento directo de persona, como complemento indirecto, como complemento de régimen o suplemento, como complemento agente, como complemento predicativo, como complemento circunstancial, como atributo y como complemento preposicional de un nombre (también llamado complemento del nombre o CN), de un adjetivo, de un adverbio o de una interjección.
Sintagma adjetivo
El sintagma adjetival puede funcionar como adyacente, como atributo y como complemento predicativo. El adjetivo sólo formará un sintagma cuando sea atributo o complemento predicativo. Cuando realiza la función de adyacente no formará un sintagma adjetivo, formará parte del sintagma nominal.
El sintagma adjetivo puede ser muy sencillo y estar constituido sólo por el núcleo, o estar dotado de varios adyacentes, a los que, por tradición, llamaremos complementos del adjetivo; estos pueden ser algún adverbio que indique grado superlativo o comparativo, un complemento preposicional del adjetivo, etcétera.
Ejemplo:
Sintagma adverbial
El sintagma adverbial puede funcionar como complemento circunstancial, como complemento de otro adverbio y como complemento de un adjetivo.
Concordancia gramatical
Se denomina concordancia a la coincidencia obligada por la gramática de una lengua, en este caso la del español, de determinados accidentes gramaticales (género, número y persona) entre distintos elementos variables de la oración. Se pueden distinguir dos tipos de concordancia, la nominal y la verbal.
Es la coincidencia de género y número:
Es la coincidencia de número y persona establecida entre el verbo y su sujeto: Esos cantan muy bien. Se da siempre en número, y casi siempre en persona, salvo en el caso del llamado sujeto inclusivo: Los españoles somos así.
Existen numerosas excepciones a estas reglas, para las cuales es preciso consultar el Diccionario panhispánico de dudas de la Real Academia de la Lengua Española.
Semántica lingüísticaLa semántica es un subcampo de la gramática y, por extensión, de la lingüística. Proviene del griego «semantikos», que quería decir «significado relevante», derivada de «sema», lo que significaba «signo». Se dedica al estudio del significado de los signos lingüísticos y de sus combinaciones, desde un punto de vista sincrónico o diacrónico.
Sin embargo, el concepto de referente conlleva ciertos problemas. Por un lado, no funciona siempre ya que no todos los verbos denotan acción, ni todos los adjetivos, cualidades... Además, tampoco funciona cuando el nombre se refiere a una entidad que no existe. Algo imaginario. Son unas de la ciencias que estudia el significado de la palabra. Por último, varias expresiones pueden compartir el mismo referente pero significar cosas muy distintas. Por todo ello, cuando se estudia la palabra tenemos en cuenta lo siguiente:
De esta forma, mientras que «perro» y «chucho» denotan el mismo significado, sus connotaciones son muy diferentes. La connotación varía según a quien se le sugiera. De tal forma, la palabra «pacifista» tiene distintas connotaciones en la jerga militar y en un grupo de «hippies».